Éramos jóvenes y felices,
estábamos en esa edad,
en que, hasta lo más simple,
nos brindaba felicidad.
Hacía poco tiempo,
se había instalado en la ciudad
un parque de diversiones donde,
la Noria, era la atracción central.
Cada fin de semana,
nuestro paseo preferido era ir al parque
y a la Noria ir a dar vueltas
justo casi al atardecer.
Comprábamos varios boletos
para lo cual cada uno iba ahorrando
y así, dar vueltas, una y otra vez
tomados de la mano.
Porque al ir subiendo,
disfrutábamos la vista, más,
al llegar arriba y casi tocar el cielo,
iluminados, por los rayos del atardecer,
el tiempo se suspendía
casi con un halo mágico...
Era mi hermosa chica qué,
con sus labios, sabor carmesí
y su cabellera castaña cobriza al viento
beso a beso, provocaba el estallido de las estrellas
y el sol, colorado al vernos,
aceleraba la retirada
y en esos instantes,
en esos dulces e interminables momentos,
nuestros corazones se aceleraban,
intentando que esa vuelta
no se acabase jamás.
Pero finalmente, todo termina...
por más vueltas que pudiéramos pagar,
finalmente nos hacían bajar
era hora que tal vez, otra joven pareja,
lo mismo pudiese disfrutar.
Han pasado 25 años,
el parque de diversiones
hace rato que ha cerrado,
sus atracciones se van olvidando,
sólo queda la Noria, vieja y oxidada
yo ya no tengo a mi Novia
y mi corazón, hace mucho tiempo
que también, se va oxidando.
Sólo queda la Noria, gastada ya por los años,
sólo quedan los recuerdos,
y un corazón igual a esta,
viejo… y oxidado
sintiendo el desamparo
al mirar otra vez a la Noria,
y en ella vernos aun girando,
aun besándonos…
y, sin embargo,
No.
Romántico y nostálgico, Santi... 👏👏👏👏